El día del problema en cuestión, la tardanza de ella me hizo estar tarde; por esperar por ella, le incumplí a otra persona que aguardaba por mí. Fue por eso que le informé que a partir de ese momento, si no estaba puntual en nuestras citas yo no esperaría por ella.
No necesito decir que mi amiga se indignó. "¿Por qué eres tan rígida, inflexible, etc., etc.?", me acusó. La respuesta es muy fácil: Cuando una persona nos hace esperar, de alguna manera nos dice que su tiempo y sus necesidades son más importantes que las nuestras; que sus asuntos toman precedencia sobre los nuestros. La puntualidad demuestra respeto por el tiempo ajeno. Es señal de consideración. Por algo le llaman la cortesía de reyes.
Al final, mi amiga entendió, aunque no cambió. La que cambié fui yo. Ahora espero el tiempo que considero prudente y si la persona no aparece o no se comunica, sigo adelante con mi agenda. Al final de cuentas, en el corre-corre diario el tiempo sí es oro y no debemos permitir que otros lo malgasten.
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